Al fin, este año 2023, hemos podido reiniciar el Camino, la pandemia del COVID-19 y otras enfermedades varias nos lo habían impedido. Los tres caminantes: Marta, Inma y Quique estaban deseando recuperar su conjunción terrenal y espiritual, tenían por delante un gran reto: la subida a O Cebreiro. Lo lograron con éxito, hicieron frente a esa empinada montaña, luchando contra el viento y la lluvia, y aunque partían con dudas, con ciertos temores, se enfrentaron a todo ello logrando superar el reto. Sabían, si lo lograban, que ya no les quedaba casi nada para alcanzar la meta, el resto sería bailar y cantar. Personalmente, no entiendo el sufrimiento que se pasa buscándolo uno, con lo que nos viene de por sí no es suficiente, se sale a su encuentro; pero la cara de ellos tras lograr esa cima era, como se dice vulgarmente, un poema. Una mezcla de cansancio, malestar, frío y rociados de agua, se mezclaba con la alegría y la belleza de sus caras; sus cuerpos exhaustos, su espíritu elevado.
El primer día nos propusimos que
debíamos dejarnos envolver por las tres gracias: alegría, encanto y belleza.
Cada uno lo ha alcanzado a su manera, pero en el grupo así ha sido. Hemos
disfrutado de momentos de gran belleza natural: el otoño estaba presente en las
montañas, los valles, los ríos, los campos o los bosques. Empapados del encanto
de todas las personas que conocimos en ese lento caminar: Coral, la camarera
del hotel en Villafranca; Jose, el de la tienda de recuerdos “El Grial”;
Yolanda, la que nos acogió en la casa rural de O Cebreiro; el matrimonio de colombianos
exiliados a Canadá; los alegres músicos aficionados de la noche en la taberna;
los camareros que nos atendieron, siempre con una sonrisa y una gran
amabilidad. La alegría también nos ha envuelto, nos hemos reído mucho, no ha
habido tensión, el humor ha primado a lo largo de estos días.
Los diversos pueblos por los que hemos pasado, aparte de estar rodeados de esa gran belleza natural, eran pequeños municipios, con poca población, gentes amables y muy trabajadoras; la economía agraria es su base: sus pequeños huertos y sus animales, que se encontraban en el bajo de sus casas o esparcidos por los valles. Todos ellos cuentan con iglesias pequeñas, casi siempre cerradas; la piedra y la pizarra son los principales materiales, trasmitiendo solidez, pero a la vez tristeza.
Este año, quizás por haber
iniciado mi aprendizaje en dibujo y pintura, la mirada ha estado más atenta a las
formas y los colores. He llevado a cabo varios dibujos; unos, al natural: escultura
del apóstol Santiago, otra de San Jorge; y, otros, de unas fotografías de los caminantes.
He observado con más detenimiento las líneas de los montes, de los árboles, los
huecos, las sombras, las perspectivas. Aunque lo que más me ha emocionado han
sido los colores naturales de las flores, las plantas, las hojas y los troncos
de los árboles. Mucho de ello se lo debo a la enseñanza de mi profesora
sevillana, mi maestra, Lola. Me ha enseñado a ver y a sentir el arte que se
esconde en la naturaleza, así como la gran belleza que nos pasa desapercibida
generalmente.
Como no puede ser de otra manera,
por supuesto que hemos gozado, muy placenteramente, de la gastronomía gallega: sopas,
quesos, vinos, pulpo, pimientos, tomates, tartas… ¡ay! Ese pan, bien untado, qué
deleite. Para mí, el gran descubrimiento ha sido el queso artesanal fresco de O
Cebreiro.
Para terminar, y poner algo
distorsionante ha sido el pensamiento único de un carpintero gallego, dedicado
ahora a la hostelería de los caminantes, y un matrimonio colombiano que se tuvo
que exiliar a Canadá por cuestiones de derechos humanos. Coinciden en su éxito
en la vida: si trabajas muchísimo, te esfuerzas lo máximo obtendrás el éxito:
podrás tener casas y coches. En eso consiste el objetivo en este sistema, da
igual el lugar del mundo, hay que ser propietario de viviendas y vehículos, lo
demás apenas importa. Ante esto, me viene a la memoria la frase que iba repitiendo
un vecino a voz en grito por el pueblo, atravesado en esos momentos por
caminantes, entre ellos nosotros: “No hay más que tontos, no hay más que tontos”.
¡Qué experiencia tan inspiradora han tenido en esta ruta celta-jacobea! La subida a O Cebreiro debió de ser un reto inolvidable, sobre todo enfrentándose a la lluvia y el viento, pero parece que cada paso valió la pena. Me encantó la descripción de cómo encontraron la alegría, el encanto y la belleza en cada momento, desde el contacto con la naturaleza hasta las conversaciones con los habitantes y otros caminantes. La mezcla de elementos naturales y humanos, junto con la reflexión sobre la vida y el éxito, da mucho que pensar. ¿Hay algún consejo que darías a alguien que quiera hacer este recorrido por primera vez?
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